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Precarización alimentaria: una realidad invisible que no para de crecer

Primera sesión del ciclo sobre los derechos humanos

El pasado lunes 4 de octubre tuvimos la primera sesión del ciclo Los Lunes de los Derechos Humanos, un ciclo que coorganizamos con otras entidades de Barcelona y que pretende tratar una vez al mes una cuestión de actualidad sobre la realidad de los derechos humanos en nuestra casa.

En esta primera sesión el tema fue el de la inseguridad o precarización alimentaria, una realidad estructural a nuestra sociedad pero que se ha visto agraviada en los últimos meses por la pandemia. Moderada por la jurista y especialista en el derecho a la alimentación Montserrat Tafalla, intervinieron también Marta Llobet, doctora en Sociología de la UB y Mercè Darnell, de Cáritas Diocesana de Barcelona.

La primera al intervenir fue la doctora Marta Llobet, que definió la alimentación como un hecho social total, en contraposición a la concepción que solo la sitúa en el ámbito de las necesidades básicas. La alimentación va ligada también a las relaciones sociales (es un acto social); va ligada al placer, al gusto, a disfrutar del que se come; y es también un derecho humano, aunque a veces hayamos perdido esta percepción tal como ha pasado con otros derechos, como la vivienda.

Por lo tanto, la inseguridad o la precarización alimentaria afecta a toda la persona, afecta a la dignidad, de una manera que la convierte en una experiencia muy íntima y privada y, por lo tanto, poco visible. Vemos quién vive en la calle, pero difícilmente vemos hasta qué punto en algunos hogares la alimentación es escasa, infrecuente o de mala calidad. Ciertamente vemos las “colas del hambre” ante algunos puntos de distribución, pero incluso estas colas son solo la punta del iceberg de una realidad mucho más profunda y de la cual no tenemos datos. Según la ponente, estudios en otras latitudes como Canadá, aseguran que solo un 25% de las personas con inseguridad alimentaria llegan a las puertas de una entidad social. El efecto estigmatización que tienen estas colas, hecha para atrás a mucha gente que se estima más por vergüenza no hacer este paso hacia la asistencia, que en muy sentidos es un paso desempoderador y reductor de su identidad a usuarias “de un banco de alimentos”. De aquí viene la invisibilidad y el no disponer realmente de datos para evaluar la magnitud del problema.

Precisamente, para evitar esta estigmatización, Mercè Darnell de Cáritas presentó una campaña que han iniciado desde esta entidad con el nombre Yo como tú, una campaña que tiene como objetivos sensibilizar sobre las necesidades alimentarias de una parte de la población y dignificar el acceso a los recursos para cubrir estas necesidades. El instrumento para conseguirlo es una tarjeta de prepago que permite a las personas que disponen ir a comprar a los establecimientos habituales, evitando así las colas ante entidades asistenciales. Además de ayudar a las personas, esta iniciativa también ayuda a los comercios de aquellos territorios afectados por una mayor precariedad social. Porque otra derivada de esta precariedad por carencia de recursos económicos es que las tiendas de los barrios vayan cerrando hasta el punto de acontecer auténticos desiertos alimentarios. No es extraño, por este motivo, que hayan sido los ayuntamientos los más proactivos a la hora de buscar soluciones de este tipo (por ejemplo, el de Barcelona con el proyecto Alimenta).

Al final de la sesión todas las intervenciones llegaron a un mismo consenso: la estación final no tienen que ser ni los bancos de alimentos, ni las tarjetas prepagos... Estas soluciones son solo “pegados” que podemos poner en una situación de emergencia como la que vivimos. Hay que recuperar la dimensión de derecho humano de la alimentación, y obligar a las administraciones públicas que se impliquen en garantizar este derecho. Y es solo a través de una renta mínima garantizada la que puede permitir salir de esta precariedad que amenaza en convertirse en un hecho estructural de nuestra sociedad.